Aprendices, Benjamín Ordaz  Valencia, 2006

“…-Pues que hay gente que tiene la cara muy dura. Fíjate en esa mujer que está detrás comiendo pipas.

-¿En qué me he de fijar? Yo no veo nada de particular.

-Pues te diré que hace unos días, fui con el que va a ser mi cuñado, Luis, a hablar con el P. Jaime y vi como a esa mujer le daba el P. Jaime cinco duros para que pudiera darle de cenar a sus hijos. Pero ya ves para qué eran los cinco duros.

-¡Qué morro tienen algunos!- exclamó el Gerardo.

-Ni que lo digas. ¡Mírala, qué rostro tiene! Menudo montón de pipas que está haciendo. La suerte que tiene es que nos hemos cambiado de acera porque si no, menuda le hubiese armado la de los teléfonos. Con el genio que tiene…, dijo el Toni.

Al cabo del rato el Gerardo… preguntó…

-Oye, Chapa, ¿a qué fuiste tú con tu cuñao [sic] a ver al P. Jaime? ¡Si tú no vas a misa!

-Pues muy sencillo. Como él y mi hermana se quieren casar, y los casados casa quieren, piensan en construir un piso encima de la casa de mis padres. Y como el albañil les ha recomendado que lo mejor sería que las vigas fueran de hierro, pues eso… hemos ido a ver si, por manga, él nos conseguía que la fábrica las facilitase pagando lo que fuese.

-¿Y tú por qué lo acompañabas?

-…pues, porque mi futuro cuñao [sic] dijo que como yo era alumno de la escuela y aunque ninguno de los dos iba a misa, pues a lo mejor era conveniente.

-¿Y conseguiste vuestro propósito?

-¡Ea!¡Cómo que ya están construyendo el piso con las vigas puestas!…

-La verdad que es un cura de p. madre -siguió hablando el Toni, en su jerga coloquial.-

-Ni que lo digas, si todos fueran como él, otro gallo cantaría…

-Sí, eso lo decimos todos. Pero el pobre al que tantos deben tanto, sobre todo los del barrio que hay cerca del río, ya verás cuando muera como ninguno de ésos que se las dan de sociales serán capaces de dedicarle, no una calle sino una avenida larga con su nombre. Y si no, al tiempo, comentó suspicaz el Chapa.

-Pero es igual, Chapón, ya nadie impedirá que, entre la gente, se siga hablando del “Barrio del P. Jaime”, dijo el Gerardo.

-Fíjate, Gerardo, si es buena persona que cuando yo era pequeño, un día que iba en el portamaletas de la bicicleta de mi padre, al pasar el rio de Canet, camino al huerto que teníamos junto al Faro, el hombre nos saludó al pasar y mi padre le contestó: -¡Adiós! Y, cuando ya nos habíamos alejado lo suficiente, mi padre, en un exceso de confianza, terminó la frase susurrando por lo bajo para que ni yo lo escuchase -¡…padre capullo!

-¿Y sabes lo que pasó, Gerardo? Pues que a los pocos días de que se lo llevase la riada aquella tan famosa, y menos mal que lo salvaron… pues, como te iba diciendo, nos volvimos a cruzar y el padre Jaime, que como siempre iba de lado, el pobre, hasta montado en bicicleta, nos saludó amablemente: -¡Buenos días! –dijo el buen cura. –Y mi padre, guardando esta vez las formas, de modo explícito e implícito, contestó: ¡Buenos días tenga usted!

-Y yo, que entonces todavía tenía menos conocimiento que ahora, enlacé con el recuerdo e inconscientemente, añadí, todo inocente: ¡Adiós, padre capullo!

-¡No me digas, Chapa! ¿Eso le dijiste? ¡Menuda debió armarse!, dijo asombrado Gerardo.

-Lo bueno, Gerardo es que la otra noche cuando fui con el novio de mi hermana, él aseguraba conocerme de algo y que quería acordarse, pero que no acababa de recordar y que mi cara le sonaba, antojándosele que yo había sido monaguillo, pero que ahora no me veía ni por misa. Yo , al principio no sabía qué hacer ni qué decir, pero reaccioné con reflejos, poniéndome algo bizco para disimular, mirándome la punta de la nariz. Y luego le di coba diciéndole que lo que había sido era cantor, pero no monaguillo, y que no iba a misa por causa mayor, ya que los domingos tenía que ayudar a mi padre en el huerto o tenía que ir a por hierba u hoja de los naranjos para los conejos. Pero como mi futuro cuñao [sic] se comprometió a asistir a los cursillos prematrimoniales, por eso o por lo que fuese, el caso es que el padre Jaime le hizo firmar unos papeles y, luego prometió que hablaría con D. Pedro Garay, que es un ingeniero… a ver lo que puede hacer. Con lo que salimos lo más deprisa que pudimos, no fuera a ser que al P. Jaime le viniese a la memoria lo del “padre capullo” que yo le dije cuando era niño.

pp. 166-69.

Ni tan siquiera pensaba…, ni en la santa caridad del bondadoso Padre Jaime.”

p. 172.

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