Asociación de Amigos de la Escuela de Aprendices de la minero-siderúrgica de Sagunto, Testimonios de Aprendiz, nº 1 Enrique Moliner, Publicaciones de Amigos de Aprendices, Sagunto 2010.
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“ El día 2 de octubre se celebró la inauguración del colegio. Esta mañana, todos los alumnos agrupados en el patio escuchamos desde el balcón las proclamas de varias personas alabando el colegio y el próspero futuro que del mismo se esperaba… Los profesores del centro escolar eran: el director don Vicente Matíes, en la primera clase estaba con Valentín D’Ocon, en la segunda don Félix Dúo, en la tercera don Francisco Andani, en la cuarta don Vicente Masip, en la quinta don Serafín izquierdo y en la sexta don Julián Sánchez.”
Pág. 36 y 37:
“El día señalado me presenté al examen… cuando me llamaron el pulso se me aceleró. Me armé de valor y pasear interior del aula. De pronto me encontré de frente con: Don Pedro Garay, don Diego Gordillo, don José María Tarrazona, el padre Jaime Pons y el secretario don Carlos que tomaban nota de lo que le iban indicando los componentes de la mesa.
Todavía, después de tantos años, conservo en mi memoria como se desarrolló el examen. Con el corazón en un puño, como suele decirse, me presenté dando mi nombre y apellidos.
El examen era oral. El primero que me preguntó fue el padre Jaime, que con su voz cadenciosa me dijo si había asistido a las últimas misas y si había prestado atención a los sermones que habían dado los sacerdotes desde el púlpito. Le respondí afirmativamente.
-Dime Enrique, ¿a qué se refería este último domingo? me preguntó con una incipiente sonrisa.
Qué casualidad que ese domingo pensando en que estábamos de exámenes asistí a la misa para que me viera el padre Jaime. Por lo tanto la pregunta me la hizo a sabiendas de que yo era conocedor del sermón.
-Sobre la Sagrada Familia, si lo desea le amplío la respuesta -le respondí con seguridad.
-Muy bien yo no te hago más preguntas
-me dijo mirando al mismo tiempo a sus acompañantes de la mesa.
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Este sacerdote era el encargado de intentar, durante los cuatro cursos y por los medios que Dios le daba, enseñarnos lo referente a la religión católica.
Persona de humanidad inconmensurable. Su bondad llegaba hasta el extremo de soportar cualquier opinión, que de alguna manera, cuestionara el catolicismo. Nunca se alteraba, aunque rara vez sonreía. Bastaba su carácter en su buen hacer y en su forma pausada de hablar. En lo que a mí me respecta, recuerdo que cuando hablaba mirándome a los ojos, notaba cómo en mi interior se introducía su bondad y con lo que él me estaba transmitiendo.
Al finalizar la explicación de alguno de los temas de religión, preguntaba a varios para ver si lo habían comprendido. Recibía respuestas de todo tipo. Unos que no compartían esas explicaciones. Otros que casi, casi, pero no y los más guardaban silencio sin saber qué responder.
A todos nos decía:
-Comprendo que muchos de vosotros no estéis de acuerdo con esta religión, la razón es que no somos iguales, pero eso no quiere decir que seáis malos, sino todo lo contrario.
Yo al principio no entendía muy bien su forma de dar esa asignatura pero desde el punto de vista de la época y pensando que la represión que se ejercía en todos los aspectos de la vida de entonces y aparentemente con el tema religioso mucho más, pronto comprendí que no tenía más remedio que aceptar y cumplir lo que se me indicase, siempre y cuando no me perjudicara en la cuestión personal y familiar. Si digo esto es, porque en el transcurso de los cuatro años tuvimos que hacer cosas que luego servirían para quedar bien ante él y ante sus superiores. Me jugaba sin lugar a dudas mi puesto de trabajo en la Fábrica, si no pasaba bien el curso, pues aunque hoy en la actualidad no se considera prioritaria esta signatura en los estudiantes, en los años 1950-54, era imprescindible aprobar. A modo de ejemplo, sirva este. Todos los domingos teníamos que asistir al sacrificio religioso de la misa de forma obligatoria. Por supuesto que una mayoría no estaba por la labor, cada cual con sus propias excusas. La dirección de la escuela, nunca supe si por recomendación del Padre Jaime o porque así lo decidieron los que mandaban, el caso es que para conseguir que todos cumpliéramos, nos daban unas tarjetas con nuestro nombre impreso y la fecha. Al entrar en la iglesia, que por cierto debería ser la de Begoña, se le enseñábamos a uno de los conserjes situados en la puerta, el cual certificaba en ella nuestra asistencia. No voy a comentar que trucos nos inventábamos, pero muchos nos librábamos de esa obligación. Volviendo al Padre Jaime, diré que siempre estaba con la obsesión de que aprendiéramos las lecciones de memoria.
“Dentro de unos años vosotros mismos decidiréis el camino que más os convenga, mi gusto sería que fuera le servir a Dios de la manera que creáis más oportuna”, solía decir más o menos con estas palabras. Tenía la sabiduría de, sin amenazas ni coacciones, conseguir que una mayoría de la clase asistiéramos a Misa, confesáramos y comulgáramos, por lo menos una vez al mes. En la época de los exámenes hacía lo posible para que todos aprobáramos.
Muchos años más tarde solía acercarme a su despacho, situado en la planta baja del colegio de Nuestra Señora de Begoña y allí cambiamos impresiones. De alguna manera sus consejos alimentaban mi espíritu.
En su memoria se le dedicó un barrio, donde él había aportado prácticamente toda su herencia económica que le habían otorgado sus padres. Costeó la construcción de varias casas para los más necesitados del pueblo.