Puerto Sagunto, 1º de Abril de 2006
Querido Padre Jaime:
El motivo de dirigirme a Usted, es como reacción al conjunto de sentimientos que se han producido en mí, al conocer la noticia del inicio de su proceso de beatificación.
En principio, se han agolpado en mi memoria una serie de recuerdos de mi vida, en la que Usted y yo fuimos coetáneos.
La sorpresa y la alegría del acontecimiento dieron paso a la reflexión, al considerar su proceso como iniciativa justa, generosa y esperanzadora.
¡Cuánto me hubiera gustado que mis padres vieran este momento!
Ellos estarían encantados, ya que además de feligreses suyos, fueron también colaboradores y amigos.
He observado, que en informes orales y escritos se han narrado hechos muy completos de su biografía. Sin embargo, siempre quedan testimonios inéditos de personas, que convivieron con Usted, que pueden resultar interesantes.
Con la perspectiva que da el paso del tiempo, voy a relatar algunas anécdotas que recuerdo, la mayor parte de las cuales me las contaron mi madre y mi padre, que en ocasiones ejerció de acompañante para ayudarle en sus tareas.
A Usted, Padre Jaime, por su acción caritativa, sin límites, se le podría definir como: “El amigo de los pobres”.
-Recuerdo que para financiar su proyecto de construir casas baratas para su barrio, las dependencias parroquiales se convirtieron en algo parecido a administraciones de lotería, en donde se vendían papeletas interminables a cargo principalmente de mujeres de la feligresía y cuyos beneficios eran para las obras.
-Sus gestiones personales con ingenieros de Altos Hornos para conseguir la compra del hierro a Fábrica, necesario para las construcciones de las viviendas, dependencias y del cine parroquial.
-Sus entrevistas con dirigentes del Ministerio de Gobernación de Valencia, para interceder por la libertad de detenidos por pertenencia al Partido Comunista y recibir amenazas con frases como esta: “¡Si vuelve Usted otra vez por aquí, Padre, lo meto en la cárcel!”
-Practicar la norma de: “todos los recursos personales y materiales a disposición de los necesitados”, a los cuales siempre justificaba, aún cuando le robaron su propia y desvencijada bicicleta, la máquina de escribir portátil, el dinero de los cepillos y colectas, etc. lo cual resultaba relativamente fácil porque tenía las puertas de la sacristía abiertas.
Podemos afirmar de Usted, Padre Jaime, que destacaba por ser: “Un hombre de Fe”. Fe devota, sencilla y humilde, que emanaba de su persona, cuando dialogaba con Jesucristo y en especial, en los instantes más críticos de las celebraciones litúrgicas.
Unas de sus innovaciones, que me impresionó más y me hicieron vivir los valores espirituales de la doctrina de Jesús, fue en Semana Santa. Acudí a la celebración de los oficios y vi que había unos bancos alineados junto al altar y sentados en ellos doce mendigos de la localidad. Salió Usted, Padre Jaime, revestido con el alba y provisto de un barreño con agua y una toalla.
Se descalzaron, se colocó de rodillas y les lavó y besó los pies, uno a uno, hasta el final.
Su meditación de la Pasión de Cristo en el Vía Crucis del Viernes Santo, donde recorría las estaciones portando un crucifijo grande, a pulso, durante todo el trayecto; por su realidad, nos hacían sentir a todos el dolor por el sufrimiento de Jesús.
El sonido de su voz afectuosa aún pulula por mi memoria con frases como:
-¡Señora María, me oye! Esto le dijo a mi madre después de administrarle la Extremaunción cuando agonizaba en su lecho de muerte.
-¡Señor Antonio Usted debe volver a casarse! Esta frase se la dijo a mi padre un tiempo después de enviudar al ver su estado de tristeza y preocupación.
-¿Qué han hecho estos chicos invertebrados? Esta frase la decía al referirse a escolares disruptones; en vez de calificarlos de subnormales, tontos, discapacitados, etc.
-¡Hemos tenido que ir a comprarle comida para él, porque tenía la nevera vacía! Esta frase la dijo mi madre quejándose de lo descuidado que era para sí mismo.
Y bien, estimado Padre Jaime, aquí pongo fin a mi carta, que como ve no es imparcial pero creo que es afectiva y veraz.
Le deseo que pronto sea beatificado porque, creo, que se lo merece.
Reciba un fuerte abrazo, hasta que nos veamos todos en el Paraíso.
Antonio Aleixandre (Rubricado)
Adjunta medalla de los Jueves Eucarísticos.
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