En el año 1945 se hicieron cargo de nuestra parroquia los PP. Paúles y los primeros en venir fueron el Padre Antonio y el P. Fernando; después vino el P. Sastre y el P. José y ya en el año 47 vino el P. Jaime. Como no tenían casa aquí en mi casa dejaban la bicicleta y muchísimas veces, sobre todo el P. Jaime, cenaba o comía aquí en casa.
La iglesia en el año 36 la quemaron toda. Sólo quedaron las paredes todas quemadas y entonces el P. Jaime dijo que había que rascar toda la iglesia y lucirla. Todos le decían que estaba loco, pues la verdad que entonces recién casi terminada la guerra nadie teníamos ni una peseta pero el dijo que la Virgen nos ayudaría y la Virgen nos ayudó.
Hacíamos rifas y loterías, y el P. Jaime a los señores de Valencia que tenían fincas aquí les pedía y le ayudaban. Sobre todo D. Julio Monfort que puso los carros y caballos de labranza a disposición del P. Jaime para transportar todo el material que se necesitaba. También fue a hablar con el director de Altos Hornos y a muy bajo precio sacó las vigas para los andamios de donde subía seguido para ver las obras y siempre llevaba la sotana sucia de yeso y a veces hasta rota.
Compramos porque así lo quiso el P. Jaime de Valencia de la tienda de las Ollas una capillita de la Virgen Milagrosa para la visita domiciliaria y después como todos querían tenerla, los de la escuela de Aprendices de donde el P. Jaime era profesor, hicieron 3 ó 4 más.
Una vez, era el día de Viernes Santo y se hacía el calvario por la huerta a las 7 de la mañana y la iglesia llena de gente esperando al P. Jaime y cuando eran las 8 aparecía y al pie del Altar con mucha humildad dijo que lo perdonáramos pues se había dormido.
Otra vez, tenía un entierro, había llovido mucho y venía mucha agua en el río y al pasar por el puente como hacía mucho aire perdió el equilibrio y cayó al agua, perdió las gafas y sólo un milagro pudo salvarle, pues era muy miope, pero con la ayuda de algunos hombres que había por allí salió y se fue al Puerto, se cambió y aún vino a hacer el entierro; ahora ya, creo que alguien lo trajo en un coche, pues entonces habían muy poquitos coches.
Tendría muchas cosas que contar, sólo diré que para el P. Jaime todo el monte era orégano.
De todo esto doy fe, pues es lo que yo he vivido.
Concha García (rubricado)
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